Grekronikas (III)



6 de mayo.

Ponemos rumbo a Corinto, de donde las pasas. "Corinto" voy repitiéndome mientras nos aventuramos en el Peloponeso. "Corinto" canturreo mientras saco fotos a través del ventanal del autobús. Y llegamos al canal y de nuevo me asombré de la tenacidad y el esfuerzo de aquellos hombres antiguos que abrieron esta brecha:



Ya estamos en la isla de Pélope. Paramos primeramente en Epidauro. Qué mejor lugar para hacer boca que el escenario donde la Callas derramó la voz de Medea al son de Cherubini en uno de los teatros con mejor acústica que se han diseñado jamás, hace 2.300 años...


Atravesamos Nauplia y bajo un cielo trágicamente gris, llegamos a Micenas. Comienza a llover, se nublan las caras... pero me siento protegida por la égida de los Atreides, y el propio Agamenón ofrece su tumba colosal a modo de cobijo durante la tormenta.


El corazón se acelera al enfilar calle arriba y contemplar en toda su magnificencia y realidad otro de mis mitos, la primera fotografía que recuerdo de mi libro de "Sociales" de EGB: la Puerta de los Leones. Y yo, con mi escasa presencia y mi nimiedad histórica, estaba cruzando bajo aquellos leones inmortales que tantas veces vieron la coronilla del mismísimo Agamenón.


A pesar de se apenas un puñado de piedras, Micenas sobrecoge el corazón. Las vistas desde el Palacio son magníficas. Las piedras de los cimientos y las murallas, ciclópeas. Y yo estoy aquí, asomada a la misma repisa desde donde los aqueos dominaban la fértil Argólida.


Después de recorrer a conciencia las calles y los edificios monumentales de la mítica ciudad "rica en oro", sólo nos queda atravesar Arcadia camino de nuestra meta de hoy: Olimpia. Mañana será un día también especial.