Crónicas Jordaneiras (IV)

26 de noviembre 2008 - Ammán-Madaba-Monte Nebo-Kerak-Petra

El día se antoja interesante, especialmente porque vamos a dormir en uno de los sueños de mi vida: Petra.  Pero antes de llegar allí, vamos a coger el Camino de los Reyes, una carretera con historia y sobre todo, muchas curvas.

La primera para es en la ciudad agrícola y próspera de Madaba, en una iglesia ortodoxa en la que se conserva el mosaico más grande del mundo.  No se conserva entero, como era de esperar, pero sí una gran parte, prueba de la paciencia de su hacedor.

El mosaico representa Palestina y los lugares santos, todos... es impresionante.  Tras un paseo por la ciudad, emprendimos el ascenso a otro hito mítico-místico-bíblico que yo tenía muchas ganas de ver: el Monte Nebo, el lugar desde el que Moisés contempló la Tierra Prometida que le fue negado pisar por ese dios tan misericordioso que tenían en el Antiguo Testamento.

Después del expolio causado por los peregrinos, que dejaron el monte como si le hubieran caído bombas, los franciscanos se hicieron con los derechos de explotación y conservación del terreno, y gracias a ello se está restaurando la iglesia que hay en la cima y, cómo no, sus preciosos mosaicos.  Pero el momento "cumbre" es asomarse para contemplar la panorámica que vio el propio Moisés.  En días claros se ve hasta Jerusalén, cuyas luces pudimos ver al anochecer en el Mar Muerto, Hebrón, Belén, Jericó y las montañas de Palestina, el hilo plateado del Jordán y el propio Mar Muerto.  También Jacob y sus rebaños pastorearon por la zona, y hubo coñas varias a cuenta de lo que se comieron entonces y lo que han dejado para ramonear ahora.

Aunque no se sabe dónde está la tumba de Moisés, hay por ahí una "rolling stone", una piedra redonda de las que utilizaban para cerrar los sepulcros o los rediles, y no se puede evitar pensar en cualquiera de las pelis de Semana Santa... faltaba por ahí Charlton Heston con las Tablas o Victor Mature luciendo la Túnica Sagrada "en verdad".

De nuevo en ruta, esta vez hacia el Kerak, la fortaleza de Reinaldo de Chatillon y famoso de un tiempo a esta parte por la película de Ridley Scott, que no se vino hasta aquí sino que se quedó por Marruecos.  

El paisaje que se disfruta por el Camino de los Reyes es de los que, personalmente, me llenan el alma.  Montañas peladas al sol, agrietadas y ajadas como la piel de los ancianos.  Hacemos una parada en un mirador sobre el cañón del Arnón, otra etapa bíblica en el peregrinar de Jacob y sus rebaños.  Escalofriante, inhóspito e inmemorial.  ¿Cómo fue cuando las ovejas de Israel lo recorrieron?  No sé si muy distinto, pero a buen seguro emanaba la misma sensación de eternidad que ahora.

Las curvas de la carretera son de pegolete, y, como para olvidar que es Ahmed quien nos tiene que conducir por los barrancos y cortados, Saleh nos prepara arak, que no deja de ser anís aguado, con unos pistachos de Aqaba.  Yo me fundo los pistachos, pero mi arak se lo paso a S., ya que en caso de despeñamiento alguien tiene que estar sereno para testimoniar si hemos sobrevivido :P

Llegamos a Kerak para comer.  Con la tripa llena y sin presencia de ánimo alguna para tomar una fortaleza de tamaña envergadura y a sabiendas de que es casi inexpugnable, nos dedicamos a visitarla tranquilamente, sin muchos saltos ni acrobacias.  Sobre todo porque las barandillas de protección no ofrecen mucha confianza y el glacis es de varias decenas de metros (sabemos que algún dueño cabrón tiraba por él a los insurrectos metidos en cajas para que fueran conscientes de la caída y sufrieran martirio hasta aterrizar, descacharrados, en el foso).

Ya de noche y con el tiempo justo para llegar al espectáculo nocturno, nos ponemos en marcha hacia la ansiada Petra.  Tras descargar al resto del personal en sus hoteles, llegamos al nuestro, que es el último, pero en la puerta de la Rosa del Desierto.  Está oscuro y no se ven más que las siluetas de las montañas recortadas contra el cielo raso y estrellado.  "Petra by night" nos espera.

(No llevamos la cámara por lo que tomo prestadas un par de fotos de otros que sí la llevaron y seguramente no disfrutaron tanto como nosotros de la experiencia).

Se comienza el descenso, en silencio, por un camino ancho y despejado apenas iluminado por las velas del suelo.  La noche sin luna es tan oscura que apenas distinguimos el espacio que nos rodea.  No hace frío, ni corre la brisa, todo está dormido, tan callado.  Cien metros más abajo entramos en el Siq, la misteriosa grieta que conduce al "tesoro".  S. y yo nos detenemos antes de entrar en el desfiladero.  Queremos estar relajados y tranquilos para este viaje.

Nos damos la mano y solos nos adentramos en una senda desconocida, mítica y mística.  No se escuchan nuestros pasos contra la piedra del suelo.  No nos hablamos salvo algunos susurros para maravillarnos ante lo que nos rodea.

Envueltos en una negrura insondable, apenas intuimos las paredes de roca al resplandor de las diminutas llamas que salpican el camino.  Alzamos la vista para contemplar cómo las estrellas parecen salir tras un desgarrón en el manto de oscuridad que nos arropa.  Durante casi un kilómetro no hay nada ni nadie más en el mundo, sólo S. y yo, de la mano, sumidos en nuestros propios pensamientos y reflexiones, en un rincón petrificado de la Historia.

Vamos acercándonos al final del pasillo.  Una música familiar llega sorteando los últimos recovecos de piedra.  Y, de pronto, tan inesperado y chocante como una revelación, se abre una explanada con cientos de velas que danzan al son de una rababah.  Un hombre, en el centro, canta mientras arranca las notas de la cuerda del instrumento beduino.  Más tarde, de entre las columnas doradas del Tesoro, emerge otro solitario músico, un flautista, que, como las olas, se mueve entre los mudos espectadores agitando los corazones con la melodía inmemorial.

S.  alcanza la culminación de su meditación en seiza.  Yo permanezco sentada agarrándome las rodillas, y cerrando los ojos.  Puedo sentir la respiración de los que me rodean, el tenue calor que desprende el suelo, la curiosidad de las estrellas que parpadean a millones de años-luz, la mirada solemne de las piedras talladas hace siglos, la presencia de los espíritus de las tumbas, el asombro de los hombres que llegaron por primera vez, o sólo alguna vez...

Cuando la música termina y con ella, la magia, es hora del regreso.  Rápido, porque ya no es hora de reflexión sino de sensaciones.  Hay que darse prisa, hay que correr, hay que sentir la vida corriendo por las venas, el aire quemando en los pulmones cuesta arriba... mañana volveremos a descubrir Petra, porque nada será igual a la luz de la vela más grande de todas ;)