Crónicas Jordaneiras (V)

27 de noviembre 2008 - Petra

No llega la hora de comenzar la visita.

Desde la ventana de nuestra habitación podemos ver las piedras tras las cuales se abre el Siq.  También vemos gatos, gatos que seguro que esta noche se hacen nuestros amigos cuando les demos parte de nuestra cena. 

Por fin iniciamos la larga marcha y la más esperada.  El paisaje que nos rodea no tiene nada que ver con anoche.  El sol cae dorando el terreno y esa combinación de ocres contra el azul límpido del cielo me trae recuerdos de djeser-djeseru, el más esplendoroso de los lugares.  Sin embargo, y pese a no estar en Deir el-Bahari, en cada roca aparece un hueco, una talla, una forma que despierta mi asombro en cada paso.  Y es que desde el comienzo jalonan el sendero las tumbas excavadas en la piedra de aquellos espectaculares nabateos.

Atendemos a las explicaciones de Saleh y, de vez en cuando, revivimos algún pensamiento distraído bajo las estrellas y las velas de la noche anterior.  Unos metros más abajo, en todo su esplendor, contemplamos la misteriosa grieta que nos conducirá, otra vez, al mayor y más hermoso de los tesoros.

El paseo por el desfiladero transcurre plagado de anécdotas, de compases de Indiana Jones y la Última Cruzada, de mandíbulas descolgándose en cada recoveco, de momentos de soledad y silencio y una tenue ansiedad que va creciendo en cada paso que avanzamos.  Y no puedo, ni por un segundo, dejar de sonreír, no sólo mi boca, mis ojos... estoy emocionada, estoy cumpliendo otro de mis sueños: Petra.

Saleh prepara el momento estelar, pero yo ya me lo he saltado hace un rato.  No puedo esperar más tiempo a contemplar un dorado rayo petrificado hace dos mil años.

El Khazneh, el Tesoro, surge como el magma por una fisura, incandescente y cegador... es como caminar hacia la luz del sol, hacia una hoguera que el tiempo no puede apagar.  Y ahí está, sobreviviendo a terremotos, tormentas de lluvia y de ignorancia iconoclasta.  Excavado en la roca viva por artistas muertos hace dos milenios para maravilla de los que no podemos dejar de mirarlo.

El Tesoro es una rosa dorada por la mañana, miel cocida, oro al rojo; da calor, da ganas de reír sin permiso de los dioses.  

Pero Petra no es sólo un tesoro... es cientos, tantos como pasos necesites para recorrerla.

Las maravillas aguardan en su nombre, en su esencia, en lo que es: piedra.  Los colores son imposibles, 

la arquitectura todavía más.  

Después de subir mil escalones montaña adentro, el Deir, el Monasterio, es un premio para los valientes y duros, como nosotros ;)

A su alrededor, el terreno se quiebra y se desploma sobre el valle de Araba, aquel que los hebreos cruzaron en su éxodo desde Egipto en busca de la Tierra Prometida.  Hay que recorrer muchos senderos, asomarse a muchos cortados, trepar algunos riscos antes de regresar al centro de Petra.  Nos queda pasear por la ciudad romana, el teatro excavado, el Palacio de la Hija del Faraón, las tumbas reales de nombres exóticos y evocadores: el Palacio, el Corintio, la Seda, la Urna, el Palacio de los Leones Alados...

Con la luz de la tarde, el Tesoro se transforma en una rosa del desierto, en la piel de la montaña, en una tumba silenciosa que invita a dormir en su eterna paz...

.. es hora de internarse por última vez en el Siq, en las tinieblas de la noche que está esperando al otro lado...

... y dar de cenar a los gatos que esperan bajo nuestra ventana.

3 comentarios:

Marqués de Sade dijo...

gran viaje, gran narración. Tremendo el desfiladero, es como la antesala al abismo.
Un beso

Señora del Averno dijo...

Todavía no he terminado, ahora voy a relatar el día en Wadi Rum y el último en Ammán ;)

__m__ dijo...

esas tumbas, esas puertas son......no tengo palabras...simplemente esplendido....