Crónicas Venezolanas II

DÍA 6 (sábado):

A las cinco y media hora local (en España la hora del café y de desayunar los domingos, las once y media) nos despertaron y bajamos a desayunar. A esas horas no estaban puestas ni las mesas del buffet, así que tuvimos que conformarnos con un par de pastas y un café rápido en la barra del snack bar de la recepción. Vino a recogernos Luis, la versión venezolana de Juan en su todo-terreno automático. El trayecto hasta el aeropuerto de Maiquetía fue un entrañable repaso por las características más singulares de la idiosincrasia del país que el propio Luis nos iba desgranando entre risita y risita. La otra pareja que viajaba, Julio y Raquel, de Madrid, también arqueaban las cejas ante las revelaciones de Luis y las estampas que aparecían ante nuestros ojos.  En el aeropuerto nos esperaba un avión tan pequeño que sólo cabía una azafata, y había que verla dando la información de seguridad (:PPPP).

El aterrizaje en Los Roques fue… fue sólo el principio. La pista tenía más baches y piedras que la carretera de mi pueblo hace 20 años. Pero no se notaron mucho, la verdad. En la entrada al paraíso nos esperaba José Manuel, un grandullón con gafas de sol que ya nos avisó que si podíamos bebernos el protector solar, mejor que mejor. Y es que aparte del calor, el sol quemaba la piel con mucho peligro, y no era coña. Después de llegar a la Posada La Plaza y recoger las aletas y las gafas para hacer snorkel y ponernos el bikini a toda prisa, nos subimos a un catamarán llamado Tornado en el que navegamos como unos Onassis hacia Franciski del Medio. José Manuel prosiguió con sus normas de seguridad y recomendaciones mientras los pasajeros tomábamos contacto con la brisa del mar, el color increíble del agua y nos parapetábamos con factor 30 australiano (en mi caso) contra el inclemente sol del trópico.



Atracamos en una playa que no tiene nada que envidiar a la Bora-Bora del Pacífico o las Maldivas del Índico, y tras un paseíto abrasador cruzando la isla, salimos fuera de la barrera de arrecife para la primera sesión de snorkel. Corales cerebro hasta hartarnos, peces cirujano como escoltas y otra infinidad de pececillos de colores fueron un buen aperitivo para el primer día. De regreso al Tornado compartimos mesa y buffet con un matrimonio de giputxis, pero como pasa siempre, fuera de casa tienen necesidad de hermanamiento y nosotros, como somos nobles, pues aceptamos y no nos metimos con ellos :P. Nos dirigimos a Madriski, otro islote paradisíaco.


Y mientras el catamarán rasgaba el Caribe con sus dos quillas, nosotros rasgábamos las gargantas con todo tipo de líquidos: Nestea (en polvo, como el Tang), agua y… venga, venga, que estamos en tierra de ron… Santa Teresa a palo seco y una caipiriña a la salud de Jon… mientras José Manuel estiraba su repertorio de chistes, de trucos de magia con las cartas y de chascarrillos sobre sus incontables novias (más de una en cada puerto jejejejej). En seguida nos fichó como juerguistas de confianza y nos emplazó para esa noche en un garito que yo siempre llamaré el Ráscateaquí, aunque su nombre tal vez fuera "Raskateki".

De vuelta en el Gran Roque y tras una ducha lo más fría posible (27º) para quitarnos la sal y algo de calor, recorrimos las calles vecinas, en donde todo son posadas, alguna tienda de souvenirs y garitos para hidratarse. A la orilla del mar, entre las barcas, toda una flota de pelícanos se lanzaba incansable a la pesca mientras más arriba patrullaban las gaviotas y gaviones.



Todo es tan tranquilo y pacífico que, para ser el primer día de vacaciones… casi nos estresa. De camino al Muelle, donde cenábamos, se tiene que atravesar el hall de la iglesia del pueblo, un edificio que no tiene ventanas ni puertas porque… realmente ¿son necesarias en la casa de dios? Si acaso para no dejar entrar a las tremendas arañas verdes que extienden sus telas por un tipo de árbol, parecido a una parra, y que sólo de verlas daban pánico… aunque luego ni se movían.

Antes de la cita con José Manuel, nos tomamos unos coctelitos para hacer tiempo y ya llegamos bastante calientes al garito en cuestión. El dj puso merengue y salsa para que José Manuel nos fuera dando lecciones de baile, y una vez que te pones a sudar pues como que te da por saco y… a saco. Total que empezamos siendo 7 y en un par de horas era imposible ampliar el movimiento corporal a más de un leve balanceo. Para remate "Potxolo" (un sujeto rubio de coleta y a la sazón dueño del Raskateki) anunció la "hora tequila" y la gente iba pasando por debajo de la botella que Potxolo sujetaba a modo de fuente… y aquello fue el despiporre. Yo me caía de sueño, para qué mentir, derrengada como estaba del día playero y del alcohol, y de tanto sudar y de tanto beber (si es que aunque no quisiera hacerlo, el clima me obligaba… y yo nunca voy contra lo que dicta la sabia Madre Naturaleza). En una de éstas en que José Manuel nos quería llevar a lo oscuro, yo hice una de media vuelta y me fui a la posada. Entré con mi llave como si fuera mi casa, y con la sensación de que mi madre iba a estar sentada en uno de los sofás de la recepción para echarme la bronca por llegar a esas horas… El resto se fue a mirar las estrellas a la pista 07, en el aeródromo… y como no podía ser de otra manera, D. llegó con los pies negros (allí en los Roques se va descalzo por la calle porque todo es arena) como si terminara de hacer el anuncio de Pirelli.