Crónicas Venezolanas VI

DÍA 10 (miércoles):

Otro maravilloso despertar entre los graznidos de todos los guacamayos de la región, acompañados de monos aulladores y los ronquidos de Boris, que dormía en la cabaña contigua. En el embarcadero, Tomás, con la naturalidad de quien retira las tazas del desayuno, nos mostraba en la mano una víbora terciopelo descabezada y retorciéndose antes de perder el calor robado al sol. Una víbora terciopelo puede matar a un hombre en 4 horas si no se aplica el antídoto. Nada mejor que un episodio así para empezar el día con muchas ganas…

Esta vez remontamos el Caroní hasta su encuentro con el Antabares, uno de sus múltiples afluentes, y que a su vez nos condujo hasta los rápidos del Misu. En un árbol descansaba una enorme iguana, y una especie de garza se acicalaba en una piedra, en un recodo del río. No es fácil ver animales desde el río. La espesura se traga todo, hasta la vida. Tienes que penetrar en ella para escucharla, dejarte engullir por la oscuridad entre la vegetación y muchas veces sólo oirás el latido frenético de tu propio corazón.

Terminó el suave deslizar sobre las aguas de coca-cola y con ello las intensas horas en aquel rincón perdido del Infierno Verde. En la misma avioneta que nos recogía para llevarnos a Canaima, llegaron Julio y Raquel, ya familiarizados con los mosquitos tras los días de pesca de pirañas en el Orinoco. Pusimos rumbo a Canaima, hacia la laguna en la que descargan toda su furia los saltos de Ucaima, la Golondrina, Guadaima y… el Hacha.



En el salto del Hacha fue donde se rodó la escena de "El último mohicano"… claro que fue en la estación seca. Nosotros tuvimos la "suerte" de haber llegado tras varios días de tormentas, con lo que el caudal que vomitaban las cascadas era ostensiblemente superior al esperado por Boris. El sonido era atronador. Pero Boris sacó el Indiana Jones y el indio pemón que lleva dentro (amén de varios personajes más en sus ciento y pico kilos) y nos animó a entrar bajo la catarata. Primero pasó él con las cámaras de fotos dentro de una bolsa de plástico. Y entre él y los 3 D.es, nos fueron pasando a las chicas.

De la ida recuerdo poner el pie dentro del agua, sobre la piedra resbaladiza, y sentir una fuerza de empuje en el tobillo que me llenó de espanto. En el instante siguiente, todo mi cuerpo fue engullido por la cortina de agua y toda yo era agua por dentro y por fuera. No podía abrir los ojos… no podía oír nada… sólo sentía que me golpeaban por todas las partes, me zarandeaban y me empujaban hacia el vacío. Yo estaba agarrada a una piedra y ni siquiera podía abrir la boca para pedir ayuda. Por un momento el pánico a ser arrastrada no me dejaba moverme; sin embargo, al mismo tiempo, una parte de mí se sentía plácidamente sola, aislada en esa corriente de agua… sorda, muda, ciega y sola… un estímulo irresistible como para dejar que el miedo lo corrompa. Empecé a arrastrarme, sin soltar más de dos extremidades a la vez y fui avanzando a ciegas en lo que yo creía que era línea recta. No pasó más de un minuto, pero parecieron horas… hasta que una mano negra surgió delante de mi cara, me cogió de la cabeza, luego yo me agarré a ella y salí al otro lado.



Tras de mí, la familia Hilton. Ante nosotros, el paso bajo el salto, un corredor resbaladizo y lleno de plantas y con poca luz, la que podía pasar a través de la cascada. El patriarca Hilton se cortó el dedo del pie con una piedra. Fue un corte profundo y tuvimos que precipitar nuestro regreso a la laguna en busca de un puesto de socorro.



Finalmente fue en el del destacamento militar de zona donde le dieron varios puntos, internos y externos. Esos momentos fueron los que aprovechamos para ponernos ropa seca. Claro que el vestuario fue debajo de la avioneta, en la pista de aterrizaje, mientras esperábamos el turno para despegar rumbo al Cañón del Diablo. Y ahí estábamos, comiendo unas galletas Oreo, esperando que llegara Mr Hilton con el dedo gordo vendado, y pidiendo a Canaimö, el demonio custodio del Cañón, que apartara la niebla para poder ver el Salto del Ángel.

Bien valió el sacrificio de sangre, porque a unos minutos por aire ya divisábamos el Auyantepuy, la Montaña del Infierno… y ahí, espectacular, a todo color, entre neblinas grises… vimos el increíble, espectacular Kerecupai Meru





Nos adentramos en el Cañón para dar la vuelta y poder verlo otra vez antes de salir hacia Porlamar, sobrevolando el mundo perdido, el Infierno Verde. Hasta donde alcanzaba la vista, sólo podíamos ver tepuyes, cascadas y una alfombra verde, interrumpida por serpenteantes ríos. Toda esa agua es la que alimenta el Gurí. De nuevo el pinar interminable, varios pozos petrolíferos, un horizonte surcado de tormentas y un arco iris…
Atrás queda la selva, atrás la salvaje soledad y el silencio lleno de ruidos…



Llegamos a Isla Margarita y a Playa del Agua. Todo es tan… turístico. Los hoteles, cárceles con todo incluido: espectáculo, buffet y barra libre. Estamos cansados y decidimos quedarnos en régimen interno para la cena. Nada más sentarnos en una mesa y ver circular al personal nos queremos ir de allí otra vez a la paz de la jungla. Espera… ¿qué tengo a los pies, mientras me tomo una piña colada en la terraza de la piscina? Un guacamayo rojo, viejo y medio desplumado… Cómo echo ya de menos los que venían a dormirse al árbol junto a nuestra cabaña…