Crónicas Venezolanas V

DÍA 9 (martes):

¿Quién necesita despertador en la selva cuando todos los pájaros de la jungla están hipersensibilizados ante la luz ultravioleta y al primer asomo de claridad ya están armando la escandalera del siglo? Ains… cómo eché de menos un buen jaguar en los alrededores, para sumir en silencio aquel gallinero… cinco minutos más….

Embarcamos Caroní arriba durante casi una hora, viendo asomarse gradualmente al tepuy Nonoy, "el tepuy de la abuela".



Vaya, está claro que una está abocada a encontrarse con su destino XDDD… Emprendimos el trekking por la selva, por una senda que días antes habían venido a re-abrir para nosotros, y así y todo hubo trechos en los que las ramas y la maleza parecía querer… comernos. Boris encabezaba la marcha armado con un palo y un machete, por si aparecía alguna serpiente. Hasta el momento, sólo un titi gigante se dejó ver desayunando en la copa de un árbol.

El calor y la humedad hacían fatigosa la ascensión a las laderas del tepuy. Tepuy significa "montaña" en la lengua de los pemones y se caracterizan por sus paredes verticales y cimas planas… son como fortalezas que brotan del Infierno Verde. Hubo momentos en que nos deteníamos para descansar y una extraña sensación de angustia se apoderaba del grupo. Todo alrededor de nosotros se movía: por el aire cientos de insectos revoloteaban sin descanso… por el suelo toda una marea de pequeñas vidas se arrastraba, correteaba, trepaba, saltaba… creo que en un metro cuadrado de aquella espesura había más densidad de población que en el centro de Tokio. La psicosis se acentuaba al pensar que el 97% de aquellas criaturas, incluidas las plantas que nos rozaban las piernas… son tóxicas. O provocan alucinaciones… o directamente te matan.

Así que cuando llegamos por fin a la cascada de la Bailarina, un salto de 270 m, en aquel rincón oscuro y sombrío… yo me quedé helada. Saqué fotos de "la cuadrilla" dándose una dolorosa ducha (las gotas de agua caían sueltas y como una lluvia de piedras debido a la aceleración) pero no quise sufrir la misma suerte. Ya íbamos a bañarnos en otras cascadas por la tarde. Almorzamos en mitad de aquel paraje inhóspito y plagado de peligros potenciales… con hormigas del tamaño de un dedo trepando hacia los tuppers de los macarrones… y miles de ojos simples y compuestos acechando desde todos los rincones…

Regresamos tomando el camino paralelo al arroyo que crea la Bailarina, y en poco más de 1 Km. ya está convertido en un riachuelo con más caudal y un cauce más abrupto que el Cares… pero sin salmones. Como mucho algún pez venenoso o carnívoro XDDDDDDD.

Llegamos a 3 saltos de agua sacados de una película de Tarzán y ahí sí que estuve a remojo como un garbanzo… olvidé los insectos, olvidé el calor pegajoso… sólo sentía caer el agua sobre mí como en una ducha Vichy…

Lo bueno dura poco y aún teníamos que visitar una comunidad indígena, unos auténticos pemones. Allí estaban, cerca del río, una familia con tantos hijos que no pude ni terminar de contarlos. Nos mostraron su plantación de yuca y piñas, su habilidad en la caza con arco, las cerbatanas y el proceso de elaboración de la yuca (que si no la escurres bien, también te envenenas).

De vuelta al campamento, "asaltamos" una balsa de auténticos garimpeiros, buscadores de oro… y vimos en directo cómo se esconden unos polvillos amarillentos debajo de un montón de piedras y pizarra… y la dureza de la vida de estos ex – convictos y desapartados de la sociedad, que vienen a hacer fortuna a este rincón perdido del mundo.

Para cuando llegamos a Arekuna estaban a punto de salirnos a buscar de la preocupación. Yo me dormí antes de la cena y tuvieron que venir a buscarme… qué agotamiento, madre mía.